La gordura como expresión artística: el Boterismo

La gordura como expresión artística: el Boterismo

Fiel a sus ideas estéticas, Fernando Botero persistió en su estilo inconfundible, que hoy a su muerte, se vuelve gigantesco. La distorsión de sus cándidos personajes ofrece reflexiones crueles y mordaces. 

Los cuerpos voluptuosos de Botero nacieron enormes y perfectos. En su obra, la gordura guarda proporción y también simetría revisitando a la Venus paleolítica, a las enormes cabezas Olmecas, a las corpulentas Madonnas o a las rellenitas ninfas del Renacimiento. Su diálogo con toda la historia del arte ha sido fecundo y en su obra podemos advertir ciertos guiños y humoradas que se descubren ni bien admiramos la paleta de colores a lo Piero Della Francesca, o el recurso de la cita al tomar los géneros clásicos como el desnudo, la naturaleza muerta o el retrato. Sus escenas proponen una narrativa que pareciera naif con sus corpulentos personajes de apariencia ideal.

Mientras Botero deformaba objetos y figuras, otros artistas en diferentes lugares del mundo también hacían lo suyo inaugurando la tendencia que conocemos como neofiguración. En contrapunto con el informalismo y el expresionismo abstracto imperante, surge en la década del 60 una nueva manera de representar la figura humana ya sea desde la práctica gestual y el vitalismo como las figuras desfiguradas de Francis Bacon, las garabateadas de Antonio Saura o del grupo argentino de la Nueva Figuración, o ya sea desde una figuración más naturalista pero deforme como a las que arriban Paula Rego con sus temibles mujeres o los personajes torturados de Juan Carlos Distéfano. Entre estos últimos, los gordos de Botero encuentran su grupo de pertenencia. En todos los casos, la neofiguración halla en la figura y más precisamente en su distorsión el reflejo de un malestar. Es que todos estos artistas formulan a través de este espejo alterado una crítica al entorno social de su época. Entonces, detrás de ese mundo que pareciera cándido con sus personajes de talla extra-large, el pincel de Botero no escapa a la reflexión cruel y mordaz. 

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